Fotografía contemporánea por Francisco González Fernández.

Juan Rodríguez “Nowhere”

El viaje es algo absolutamente consustancial a la fotografía, es algo que forma parte de ella desde que en sus primeros instantes aquellas personas que la inventaron percibieron la posibilidad de aunar a sus ansias de conocer el mundo el poder capturarlo fielmente, sustituyendo así la tarea de describirlo con palabras, con el dibujo o con la pintura.

Podríamos decir que el impulso de viajar arraigó en el ser humano desde que tomo conciencia de sí mismo, desde que supo que no podía permanecer inmóvil en el mismo lugar, bien por necesidad o bien por simple curiosidad, y a la vez podría decirse que la pulsión de tenerlo en sus manos nació junto con la propia fotografía.

Con el tiempo la fotografía no sólo se ha constituido en un instrumento de aprehensión del mundo sino también en un útil que ha permitido que lo podamos dibujar, pintar o escribir realizando así una pirueta que vendría a permitir que ella misma terminara haciendo aquello que pretendidamente venía a sustituir para, de este modo, perder su atributo inicial de representar fidedignamente la realidad y convertirse en un artefacto de creación de lo real a través de la ficción, la narración, el relato o la alegoría y así, finalmente, convertirse hoy en una herramienta con la que describirnos a nosotros mismos y con la que explicar nuestro entorno, como una forma de lenguaje que admite todo tipo de suerte, de estilo y de técnica.

Hay viajes que se hacen con un destino final, otros se hacen sabiendo que tarde o temprano se llegará a algún lugar, o también los hay que son de ida y vuelta. Sin embargo, en algunas raras ocasiones, no solamente se trata de partir o de llegar a algún sitio o a algún lugar sino que simplemente se trata de salir con rumbo a lo ignoto, a lo desconocido, hacia aquello que aún no sabemos que existe, que está por descubrir, tal vez aquello que intuimos y que nos perturba el alma por tratar de conocerlo. Normalmente ese tipo de extraños viajes no tienen fin, percibes que un día sin saber cómo ni porqué lo iniciaste, pero no conoces cuando acabará.

Siempre se ha pensado que para viajar no hay más que tomar un camino, y la vida actual nos ofrece tantos y tan variados que es muy fácil encontrar alguno que seguir que nos conduzca allá a donde deseamos ir. No obstante existen algunas personas – como Juan Rodríguez – que no se interesan por coger un camino, que prefieren ir construyéndolos y creándolos sin saber muy bien a dónde le llevarán, sabiendo, en todo caso, que se tratará de un viaje a ninguna parte, sin un destino, sin rumbo, con la mochila al hombro cargada de la esperanza de encontrar aquello que pueda justificar la partida.

La obra fotográfica de Juan Rodríguez es un vasto y amplio periplo que le lleva en un trayecto perpetuo de lugar en lugar, de ciudad en ciudad, de país en país, es esencialmente la obra de una persona cuya vida se ha convertido en un viaje, la de alguien que se ha transformado en un nómada de la imagen y que, de forma incansable, trata de hacer tangible lo desconocido, de hacer evidente lo casual, de convertir en certeza lo espontáneo, de dotar de equilibrio al doloroso caos en el que el mundo se ha convertido.

Sus imágenes adquieren la forma de sutiles trazos que nos narran nuestra existencia y nuestra frágil presencia en el mundo difuminando nuestra noción de la realidad, descifrando leves diferencias que acaso nos permitan identificar lo que vemos para después transportarnos a un universo cercano a la poesía.

La creación fotográfica de Juan Rodríguez es una permanente lucha contra la capacidad indiciaria que se le atribuye al medio, esa especie de relación irreductible entre el referente y la imagen, aunque no nos equivoquemos en realidad él no busca certificar la existencia del viaje sino todo lo contrario, rechazarla.

No resulta fácil construir una obra así, no resulta sencillo tratar de encontrar el pliegue de la vida en cada paso que das, de hallar un momento de paz en medio del estruendoso ruido con el que vivimos día a día, de descubrir la sencillez en medio de la total complejidad, de resaltar lo simple de nuestra naturaleza en medio de la confusión de nuestra presencia en el mundo.

Un día dije de él que se trataba de un gestor de momentos presentes, y hoy he de decir que se ha convertido en el notario de la sublime armonía que se encuentra cuando nuestra alma descubre en un fugaz destello el propósito de su existencia, una armonía nada fácil de hallar, esquiva, huidiza, tal vez temerosa de nosotros mismos y de nuestros actos pero que a buen seguro podemos encontrar en sus imágenes y en su obra fotográfica, en las imágenes de ningún lugar pero que son todos los lugares, de ninguna ciudad pero que son todas las ciudades, de ninguno de nosotros pero que somos todos los seres humanos.

Resulta imposible no sentirse seducidos por sus imágenes, por su capacidad para no ofrecernos ninguna constatación, ninguna certidumbre, por su disposición a despertar nuestra curiosidad de saber de quién se trata, de en dónde y en qué sitio estará la persona o personas que contemplamos, para reclamar nuestros sentidos en la percepción de ese inamovible instante en el que parece que todo va a acontecer o que todo ya ha sido.

Juan Rodríguez continúa con su viaje a ninguna parte, hacia el hallazgo de aquello que solamente es posible reconocer cuando se encuentra, no dejará nunca de ser un nómada de la imagen, un viajero que de cuando en cuando nos brindará la posibilidad de ver el mundo mágico que habita en la fotografía

 

Travel is absolutely intrinsic to photography, it has formed a part of it from the very frst moment, when its inventors saw the possibility of combining their anxiousness to see the world with capturing it faithfully, and in this way replace descriptions based on words, drawings and pictures.

We could say that the urge to see the world has been ingrained in human beings since they frst became aware of themselves, since they knew they could not remain in the same place, be that because of necessity or simple curiosity. At the same time it could be said that the desire to hold the world in their hands was born at the same time as photography.

As time has gone by, photography has not only been a instrument for understanding the world but also for allowing us to draw, paint and write in a useful way. It has gone full circle, meaning that it has ended up doing everything that it allegedly was invented to replace. It did so in order to lose its original purpose of reliably representing reality and to instead become an artefact of creation, showing what is real through fiction, narratives, storytelling, and allegory. Finally, today it has become a tool with which to describe ourselves to each other, and with which to explain our surroundings, like a type of language that accepts all kinds of fortunes, styles, and techniques.

Some journeys are made with a fnal destination in mind, others are made without one – with the simple knowledge that, sooner or later, a destination will be found, and of course there are return journeys where the fnal destination is home. However, on a few rare occasions journeys are not only about where they begin and end, rather they are about leaving towards unchartered territory, the unknown, towards what we don’t yet know exists, what is left to be discovered, perhaps something that we sense will shake our souls as we try to get to know it. Normally this rare kind of journey doesn’t have an end, you sense it one day without even realising why you began it and you don’t know when it will be over.

The assumption has always been made that in order to travel the only necessity is to choose a route, and nowadays life ofers us so many diferent routes that it is easy to fnd one to follow, that will take us to where we want to go. Nevertheless, some people exist – like Juan Rodríguez – who are not interested in choosing a path, who prefer to construct it and create it little by little without really knowing where it is going to take them. In any case, they are aware that it’s a journey to nowhere, without a destination, without a course, with their backpacks over their shoulders flled with the hope of fnding something that will justify leaving home.

The photographic works of Juan Rodríguez are a wide and vast journey that has taken him on a perpetual route from place to place, from city to city, from country to country. Essentially, they are the works of a person whose life has turned into a journey, of someone who has turned himself into a nomad of the image and who tirelessly tries to make the unknown tangible and the incidental evident. He tries to make the spontaneous become certain and to give balance to the sorrowful mess the world has turned into.

His images have taken on the form of subtle plotlines that allow us to narrate through our existence and our fragile presence on Earth; blurring our notion of reality, deciphering small diferences which will perhaps allow us to identify what we see and let it transport us to a close to poetic universe.

The photographic creations of Juan Rodríguez are a permanent fight against the circumstantial competencies that are attributed to the medium, this kind of indomitable relationship between the reference and the image. Although we must not be mistaken, in reality, his intention is not to confrm the existence of this journey, rather it is the complete opposite – to reject it.

Creating works like these are not easy, fnding the meaning of life with every step you take is not an easy task; neither is finding a moment of peace in the middle of the cacophony we live with each day, nor discovering simplicity in the middle of total complexity, nor highlighting the simpleness of our nature in the middle of our confusing presence on this planet.

I once said that Juan Rodríguez was a manager of current times, and today it must be said that he has turned himself into a notary of the sublime harmony that can be found when our souls see a feeting glance of the reason for their existence. It’s a harmony which is not easy to fnd, it’s evasive, elusive, maybe even fearful of us and our actions, but it is sure to be found in Juan Rodriguéz’s images and in his photographic works. They are images of nowhere but also of everywhere, of no city but also of every city, of none of us but also of every single human being.

It is impossible not to be seduced by his images, by their capacity not to ofer us any confrmations or certainties, by their ability to awaken our curiosity – our desire to know what the photos are about, where they were taken, and what place the person or people we are looking at were in. We want this in order to reclaim our senses while looking at this immovable moment in which it appears that anything could happen, or that everything has already happened.

Juan Rodríguez continues his journey to nowhere, towards discovering that which is only recognisable once it has been found. He will never cease to be a nomad of the image, a traveller who now and again gives us the possibility to see the magical, photographical world he inhabits.

 

Foto portada y fotos: de la exposición Nowhere de Juan Rodriguez  en el Espacio Jhannia Castro (Porto-Portugal)