Fotografía contemporánea por Francisco González Fernández.

Photofestival Noorderlicht

La fotografía actual debe buena parte de su reconocimiento a los festivales fotográficos. Desde que en mi 1968 se inauguraran los ya legendarios Rencontres d’Arles, han sido y son muchas las grandes ciudades y capitales del mundo las que acogieron y acogen esa forma de comunicar la cultura fotográfica.

París, Barcelona, Houston, Moscú, Buenos Aires o México, son sólo una pequeña muestra de los festivales anuales y bianuales que desde finales de los 70 comenzaron a proliferar a lo largo y ancho de los cinco continentes. En realidad, todas esas manifestaciones se debían a razones indiscutibles que, en esencia, se centraban en la falta de coleccionismo público y privado, en el no reconocimiento museístico de la fotografía como disciplina artística y en un casi inexistente galerismo que apoyara y promocionara a los autores.

En este contexto, los festivales suponían la única posibilidad de que la fotografía existiera ante la mirada del gran público y durante dos décadas vivieron un auge inigualable hasta su decadencia pocos años antes del comienzo del siglo XXI.

Podría decirse, sin temor a equívocos, que los festivales murieron de su propio éxito al conseguir todo aquello que había dado origen a su nacimiento: el reconocimiento museístico, la existencia de un galerismo potente y pujante y un cada vez más firme coleccionismo debido a la presencia masiva de la fotografía en las más influyentes ferias internacionales de arte.

Con el declive de la forma original se produjo una reorientación de los mismos que les hizo evolucionar de su constitución como meros escaparates de la producción fotográfica a ofertar una propuesta temática o de reflexión sobre el propio medio o la propia sociedad.

Tengo que decir, a fuer de ser sincero, que en esa nueva línea reflexiva sobre lo fotográfico y lo social, el Photofestival de Noorderlicht supuso desde 1997 un ejemplo y paradigma de evolución de la forma de los festivales: Mundos Creados (el retrato en América Latina), Sense of Space (La experiencia humana en el espacio) o el más reciente Metrópolis (La vida en la ciudad en la Era Urbana) son algunos ejemplos de la magnífica trayectoria de este festival, de su cuidada selección de obras y de su magnífica propuesta educativa y cultural.

Hoy, recibo con pesar, un email en demanda de ayuda ante la decisión tomada por el Consejo de la Cultura de los Países Bajos de retirar la subvención económica al festival, lo que en la práctica supone reducir su presupuesto en un 50% y su inevitable desaparición.

Son tiempos difíciles, pero fundamentalmente son tiempos injustos en los que se pone más que nunca en evidencia el cinismo y la hipocresía de los gobiernos. La cultura, el mayor instrumento de mediación consigo misma que tiene la humanidad, no ha sido reconocida ni será reconocida nunca por las estructuras político-económicas.

Reducir, recortar o suprimir los presupuestos en cultura y educación es una decisión que condena a la ignorancia a nuestras jóvenes generaciones presentes y futuras, que mutila el progreso humano y que cercena nuestras capacidades de adecuada relación con todo nuestro entorno.

Resulta aún más incomprensible que en un sistema de evaluación como el existente en los Países Bajos se haya podido tomar tamaña decisión.

No! a la desaparición del Photofestival Noorderlicht.

Foto Portada: de la serie Tokyo Compression, Michael Wolf (Imagen de Metropolis Photofestival 2011)