Fotografía contemporánea por Francisco González Fernández.

Laetitia Lesaffre “Kintsugi, âmes d’enfants”

A veces pienso que nos hemos despojado de nuestra humanidad como quien se cambia de ropa para hacer cualquier rutina o tarea cotidiana y, casi sin darnos cuenta, hemos convertido al mundo en una larga sucesión de representaciones, falsas noticias y una acumulada precipitación de imágenes artificiosas, sin advertir que nuestra relación con el tiempo y con el espacio se ha transformado de tal manera, que se ha producido una quiebra en la propia percepción de nosotros mismos.

Imbuidos en el ritual vertiginoso de la existencia, hemos llegado a consagrar lo rentable como la única vinculación posible con ella, y en nombre del beneficio hemos aceptado, progresivamente, la pérdida de nuestra condición de humanos y de la percepción esencial del orden del universo.

Existimos en tanto imagen, en tanto reflejo de nosotros mismos, como réplica adosada en la mirada de los demás. Creemos estar en íntima relación con lo que vemos, sin advertir que lo que miramos es, tan sólo, un espejismo que nos confunde e impide ver la realidad con nuestros propios ojos. En la distancia que media de una mirada a otra, dejamos de notar la enorme contaminación que se encierra en ese falso universo, para así dejar de comprender que en él sólo se esconde lo prediseñado, lo preestablecido, lo políticamente correcto, todo aquello que se nos impone como provechoso y valioso a través de los media y las redes sociales.

Según las últimas informaciones de Euronews más de 12.300 niñas, niños y jóvenes palestinos han perdido la vida en la guerra de Gaza y si toda guerra como acto de suprema violencia es rechazable y condenable, mucho más lo es cuando la misma se centra en las y los menores.

Cuando se ejerce la barbarie y la violencia no existe capacidad alguna de restitución vital ni existencial, ni siquiera de resiliencia con la que superar el dolor y la rotura del alma.

La serie Kintsugi, âmes d’enfants de la artista Laetitia Lesaffre (vive y trabaja en Paris) expresa la resistencia, la reconstrucción y la fuerza de los niños víctimas de la violencia, de manera que partiendo de fotografías de su infancia, la artista intenta reparar el «niño interior» de los adultos que reconstruyen su vida creando, para ello, una imagen que realiza con una técnica japonesa ancestral denominada Kintsugi.

Kintsugi procede de las palabras japonesas kin (oro) y tsugi (junta), y significa literalmente: junta de oro. Esta antigua técnica, descubierta en el Japón del siglo XV, consiste en reparar cerámicas rotas con laca y resaltar las cicatrices con polvo de oro auténtico. Cuidado y tratado con respeto, el objeto roto puede, paradójicamente, volverse más fuerte, más bello y más precioso.

Abuso, incesto, acoso, circuncisión femenina… todas las personas fotografiadas tienen estas grietas que intentan reparar día a día, comprometiéndose para que el interés superior del niño deje de ser una frase vacía. Estos supervivientes están aprendiendo a respirar de nuevo y a convertir sus heridas en fuerzas que les guíen. Al plasmar su reflejo en mis lacas, les ofrezco una nueva mirada sobre sí mismos. Luego imprimo su reflejo en cerámica o papel, y con el conocimiento de las historias de vida de las víctimas, rompo, desgarro y reparo con kintsugi. Cada pieza está hecha con oro de 24 quilates. Este proceso de reparación simbólica refleja y trata de curar las heridas. Al resaltar sus líneas de falla con kintsugi, sublimo sus líneas de fuerza.- Laetitia Lesaffre.

 

Foto portada y fotos: de la serie Kintsugi àme d’enfants de Laetiitia Lesaffre   © Laetitia Lesaffre

Website: https://www.laetitialesaffre.com/   Instagram: @laetitia.lesaffre   Facebook:  Laetitia Lesaffre Photographies

 

Sometimes I think that we have stripped ourselves of our humanity like someone who changes clothes to do any routine or daily task and, almost without realising it, we have turned the world into a long succession of representations, fake news and an accumulated rush of contrived images, without realising that our relationship with time and space has been transformed in such a way that our very perception of ourselves has been shattered.

Imbued in the vertiginous ritual of existence, we have come to consecrate the profitable as the only possible link with it, and in the name of profit we have progressively accepted the loss of our human condition and of the essential perception of the order of the universe.

We exist as an image, as a reflection of ourselves, as a replica attached to the gaze of others. We believe we are in intimate relationship with what we see, without realising that what we look at is only a mirage that confuses us and prevents us from seeing reality with our own eyes. In the distance between one glance and another, we fail to notice the enormous contamination that is enclosed in this false universe, so that we fail to understand that it only hides the pre-designed, the pre-established, the politically correct, everything that is imposed on us as profitable and valuable through the media and social networks.

According to the latest information from Euronews, more than 12,300 Palestinian children and young people have lost their lives in the war in Gaza, and if all war as an act of supreme violence is reprehensible and condemnable, it is even more so when it is focused on minors.

When barbarity and violence are exercised, there is no capacity for vital or existential restitution, not even for resilience with which to overcome the pain and the brokenness of the soul.

The series Kintsugi, âmes d’enfants by the artist Laetitia Lesaffre (lives and works in Paris) expresses the resistance, reconstruction and strength of children who are victims of violence. Using photographs from her childhood, the artist tries to repair the «inner child» of the adults who rebuild their lives by creating an image using an ancient Japanese technique called Kintsugi.

Kintsugi comes from the Japanese words kin (gold) and tsugi (joint), and literally means: gold joint. This ancient technique, discovered in 15th century Japan, consists of repairing broken ceramics with lacquer and highlighting the scars with real gold powder. Cared for and treated with respect, the broken object can, paradoxically, become stronger, more beautiful and more precious.

“Abuse, incest, bullying, female circumcision… all the people photographed have these cracks that they try to repair day by day, committing themselves so that the best interests of the child is no longer an empty phrase. These survivors are learning to breathe again and to turn their wounds into guiding forces. By capturing their reflection in my lacquers, I offer them a new look at themselves. I then print their reflection on ceramic or paper, and with the knowledge of the victims’ life stories, I tear, rip and repair with kintsugi. Each piece is made with 24-carat gold. This process of symbolic repair reflects and attempts to heal the wounds. By highlighting their fault lines with kintsugi, I sublimate their lines of strength”.- Laetitia Lesaffre.

 

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Laetiitia Lesaffre